Solía sentarme a fumar, tamborileando con mis uñas lacadas en rojo pasión mientras miraba con deseo a las policías portuarias, pero después de unos espirituosos era cuando confirmaba que quienes más deseo sentían eran ellas por mí. Me deseaban tanto que sus labios se humedecían como si enseñaras un trozo de carne magra a los mugrientos chuchos de Pavlov, un pretendiente ruso que conocí en Torrevieja un verano hace ya un lustro y que tuve en los años más lozanos de mi vida. Tristemente nunca consiguió más que desearme ya que siempre decía que yo no entendía su lengua y era justo esa la razón de mi negativa.
Sin embargo apenas supe decir que no. Es algo que aprendí cuando era una niña y los señores me daban dulces a cambio de amor. La gula es el único pecado que siento que no puedo controlar. Ni uno más.
Dulces y caramelos que ahora se han convertido en dos Tom Collins de servicio cortos de hielo como los vestidos con los que me paseo por el embarcadero vendiendo mi pescadilla al saldo más barato.

